domingo, 25 de mayo de 2014

Como Enero y Diciembre, tan juntos, y tan lejos.

Esa mañana me sentía
como la rosa que después de la primera,
empieza a marchitarse.

Hundida,
como en el momento en el que te dije:
   «Me voy, ya no lo/te aguanto,
estoy hecha pedazos
necesito recomponerme,
sanar».

Estaba sola,
pero era algo que no quería admitir,
me daba miedo
y me lo sigue dando,
tanta gente
tanto mundo
y yo,
tan solitaria y arrogante,
tan orgullosa.

Yo te buscaba,
a ti,
solamente;
a ti.

Pero siempre en la distancia
para evitar el daño,
ese que me habías hecho antes,
ese que suponía ver tu deslumbrante sonrisa
esa de la que tanto me había costado alejarme,
no podía tirar por la borda tanto esfuerzo,
no así
no de esa manera,
volver a recaer en mis vicios
en los huecos de tus clavículas.

Obligada a alejarme
tomé dirección contraria a tu cuerpo,
y me encerré en casa.
Contaba los minutos,
veía a viejas amas de casa intentando ser videntes
o porno barato frente al televisor,
intentaba pasar el tiempo,
para no recordarte
o a ese perfume tuyo.

Lo conseguí,
bajaba las persianas
y me ponía a Bon Jovi de fondo,
como banda sonora,
te olvidé.

Pero por desgracia,
una noche,
de esas en las que la luna llena
es lo más bonito del firmamento,
te presentaste en la puerta de mi casa,
con esa sonrisa torcida tan tuya,
el esmoquin que me gustaba tanto
y, 365 rosas
una por cada día que habías estado sin mi,
creí que eras una alucinación mía
hasta que dijiste:
    «Nena,
he vuelto».

Y entonces lo vi,
te vi,
supe que no habías cambiado,
pero recaí,
y me rompí otra vez en mil pedazos,
volví a ser una rosa que después de la primavera,
empieza a marchitarse.

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