sábado, 24 de enero de 2015


No me quiero morir sin decirle a Houston que resolví el problema,

que la bajada de tensión era lo de menos

lo que fallaban eran los motores,

esos que sustentaban nuestro alma

y se iban desgastando,

al igual que las ganas de arreglarlos.

Vivíamos a base de heridas

y de brechas

y de caos

y de oportunismos que no eran siempre los correctos,

vivíamos,

por llamarlo de algún modo

bajo el mandato de una panda de gilipollas,

que nos estaban hundiendo,

más bien,

ya estábamos hundidos

(y no era por nuestro propio peso),

para qué engañarnos.

La autodestrucción era inevitable,

éramos un juego entre angeles y demonios,

éramos el mismísimo diablo

y nos creíamos Dios,

menuda panda de hipócritas,

insolentes

y degradantes.

Desgarramos nuestros principios

y como no era suficiente con nosotros mismos

decidimos cargarnoslo todo,

reducir
 
a cenizas,

a escombros

cuerpos

que ya
 
no importan

a

nadie.

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